Hans trabaja en la
ONU. Es experto en derecho internacional y ha actuado como mediador en conflictos entre países de distintas zonas calientes.
Esta semana se encuentra en kosovo. Forma parte de un equipo que se encarga de vigilar las elecciones de este sábado para asegurar la normalidad de las mismas e intentar evitar el boicoteo que ejerzan las autoridades de algunas de las pequeñas localidades en las que se instalaran las mesas.
El equipo viaja acompañado por dos policías militares para garantizar su seguridad.
El miércoles estaban visitando un colegio en el que se habilitará el sábado una mesa electoral.
Durante la visita, varios hombres entraban y salían del edificio portando tableros, caballetes, sillas y cajas de cartón. Por las paredes había carteles y fotocopias explicando de que modo votar, y prohibiendo entrar con armas.
Cuando el equipo de Hans salia se cruzó con un anciano que entraba. Hans volvió sobre sus pasos para ver que hacia el hombre. Era un viejo con un abrigo grueso, una gorra raída y un pitillo a medio consumir en la comisura de los labios, unos labios secos y agrietados por el frío.
El hombre se situó en medio de la habitación y observó lo que allí se había preparado. Lentamente fue girando sobre si mismo para ver la totalidad del habitáculo. Cuando quedo frente a Hans este se dio cuenta de que llevaba un revolver metido en el cinturón. Hans con tranquilidad aparente se acerco a uno de los policías militares y le pidió en voz baja que explicase al viejo que allí no se podía portar armas. Este se acerco al viejo, y le dijo algo en un tono rudo, mientras le señalaba uno de los carteles de prohibición expresa de portar armas. El viejo le replicó algo sin quitarse el pitillo de la boca, ante lo cual el policía miró a Hans y se encogió de hombros, acto seguido salió del edificio. Hans asombrado salio detrás de el y ya fuera le pregunto que había dicho.
-Ha dicho que lo del cartel es un arma automática, y lo suyo es un revolver. Y que es su revolver y no se lo va a entregar a nadie.